Adiós a los periódicos III

Últimas luces en la redacción

 

Por Jorge Aguilar Pinto

Jun 12, 2020 | Adiós a los periódicos

Ustedes se preguntarán ¿para qué sirve un periódico?, aparte de su uso indiscutible en la limpieza de cristales y en el empaquetado de flores y frutas. Yo tampoco lo sé. No lo sabía en 1990, ni en 2000. No lo sabíamos en 2015, cuando un amigo y yo lanzamos un periódico cultural, impreso, en la selva norte de Chiapas. Tampoco en 2017, cuando publicamos otro periódico impreso de arte y cultura, en San Cristóbal de Las Casas. Y quizá nunca lo sepamos.

 

Leyendo Híkuri número 1

Leyendo Híkuri press número uno. Crónica interminable sobre el zumbido de la galaxia, artículo escrito por Alejandro Alarcón Zapata. Foto: Jorge Aguilar Pinto

En el otoño de 2016, tenía muchas ganas de saberlo y trataba de averiguarlo, haciendo precisamente un periódico. Así que se fraguaba todo, pero no se lograba reunir un equipo de trabajo. La experiencia en la selva norte había dejado claro que era casi imposible que un emprendimiento editorial independiente tuviera éxito, si éste no era comprendido en su totalidad por los participantes y colaboradores. Porque no es lo mismo hacer una revista que un periódico, o que un libro o un fanzine, o tener presupuesto o no.  Más allá de lo aparente, los modos de financiamiento, y los tiempos y los procesos creativos de producción son diferentes.

Yo tenía claro el resultado: un periódico de 32 páginas, 16 a color y 16 monocromáticas, con tiraje de 2000 ejemplares mensuales, porque de ese modo la publicidad impresa lo haría rentable. Además, el bajo costo de maquilar en rotativas permitiría generar alguna ganancia. Parecía la mejor opción.  A pesar de que el papel no era de lo más bonito, y a veces la impresión podía no salir calibrada, o los colores resultar muy tenues. Pero esos defectos, bien mirados, tienden a convertirse en algo especial. Para muchos ese toque old fashion siempre estará de moda.

En marzo de 2017, el número uno de Híkuri.press apareció en las cafeterías, en los puestos de periódicos, en las librerías, en los kioskos, en las agencias de viaje, en las escuelas. Dos mil ejemplares circulando de mano en mano en San Cristóbal de Las Casas. Unos meses después se imprimió el número 2, y en menos de una semana comprendí que nunca haríamos el número 3, si no contábamos con un grandioso equipo de ventas.

Híkuri.press comenzó siendo un periódico de arte y cultura impreso, y la publicidad permitió solventar gastos, pero no todos. Tampoco hubo ganancias. Total, el proyecto no logró concretar  sus cuatro etapas básicas:  1) Venta de publicidad; 2) Diseño de publicidad; 3) Creación de la publicación: investigación, creación de contenidos, diseño; 4) Distribución. Relativamente, hicimos bien las segunda, tercera y cuarta. Pero no la primera. Publicar cada mes implica muchas jornadas de trabajo, y todo trabajo genera un costo de producción. Y no se generaron recursos suficientes con nuestro plan de marketing.

En otro momento de mi vida habría buscado la forma y encontrado la manera de financiar todo eso. Pero no existía más en mí aquella felicidad de las salas de redacción, de esas viejas salas de redacción que servían de refugio para quienes iban al encuentro de su destino: periodistas de la vieja guardia, jóvenes estudiantes de foto, de letras y comunicación,  aspirantes a editar la nota roja, escritores y corresponsales gonzo de grandes medios internacionales, perdidos en México.

Era como si el mundo hubiera borrado la necesidad de un encabezado a ocho columnas, y lo supliera con un twit devastador de 20 mil likes en media hora, y ya con eso bastara para entrar en polémica o para anunciar un suceso periodístico.

Indiscutiblemente no solo los tiempos y las formas habían cambiado, sino que en un determinado momento se podía (y se pudo) prescindir de casi todo, incluyendo rotativas, editores, diseñadores y presupuesto para papel.

Pero el asunto ha ido más lejos. El internet abrió la puerta al consumo masificado de contenidos, y las redes sociales dieron a esas masas la posibilidad de debatir directamente con las fuentes informativas. Y lo más terrible, les permitieron convertirse en emisores y comunicadores con capacidad de generar audiencias en tiempo real.

Por supuesto, eso no garantiza productos editoriales de calidad, sino que pone en riesgo de desinformación a cualquier tipo de público.

La misma historia, en versión Hágalo usted mismo, es muy diferente a una redactada por profesionales. Pero eso no es nuevo, algunos monopolios informativos tampoco hicieron contenidos de calidad y mira en qué terminaron.

No tiene sentido. Y es por ese sinsentido que, como dije al principio, no sabemos para qué sirve un periódico. Quizá alguna vez lo supimos y ahora ya no importa. De cualquier forma, la nostalgia que yo tenía por ellos venía de las tiras cómicas dominicales tan coloridas, de las infografías especiales sobre la serie mundial de béisbol, de los crucigramas, de alguna crónica, algún ensayo, algún poema, por ahí, perdidos en las tres páginas culturales, perdidas también, en un manojo inmenso de páginas publicitarias y de política y sociales y nota roja.

Desde San Cristóbal de Las Casas, en dos ediciones impresas financiadas con publicidad local, compartimos un poco de lo que sucede en las entrañas del mundo del arte y la cultura en esta parte del sur mexicano, en donde la población vive, según fuentes oficiales, con índices altos de pobreza y analfabetismo, probablemente los más altos de todo el país. Además de que la mayoría están marginados y no cuentan con acceso a servicios de telefonía e internet.

Bajo esas condiciones que, les aseguro, no son tan dramáticas, agradezco a todas y todos quienes con su talento, trabajo, tiempo y luz hicieron posible nuestro emprendimiento cultural. Mi sincera admiración por la nobleza de su gesto.

Nuestra palabra, pequeña y breve, circuló por los Altos de Chiapas en formato tabloide y en ejemplares de 32 páginas, y en el mano a mano con amigas y amigos. Fue leída sobre las mesas de los cafés y los restaurantes, en el break de la oficina, en las bancas de los parques y las escuelas. Y lo más divertido: alguna vez se repartió de forma clandestina entre pasajeros que esperaban su vuelo en el aeropuerto Ángel Albino Corzo.

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