Adiós a los periódicos II

Periodismo cultural en la selva norte de Chiapas

 

Por Jorge Aguilar Pinto

Jun 12, 2020 | Adiós a los periódicos

La primera vez que intenté explicar esto, yo mismo no sabía qué había sucedido. Una noche de sábado bebíamos cervezas y mirábamos el box en casa de un amigo, junto a otros amigos, todos escritores. Entre round y round hablábamos sobre publicaciones y escritura, principalmente con uno de ellos. Nos emocionamos al grado de que, dos meses después, hicimos circular un periódico cultural en pueblos de la selva norte de Chiapas, región altamente marginada y sin acceso total a internet y telefonía, estimada además como “zona de conflicto” desde 1994.

 

El Zentauro

El Zentauro, periódico cultural. Sus nueve ediciones circularon en la selva norte de Chiapas durante 2015Foto: Jorge Aguilar Pinto

 

Más que un emprendimiento editorial o periodístico, se trataba de evocar uno de los momentos en que habíamos sido felices a los veinte años. Y eso ocurrió en la redacción de un periódico, en Xalapa, Veracruz.

Pero no era el lugar, sino la adrenalina a base de corregir, editar y re escribir notas enviadas por corresponsales desde lo más recóndito del “estado que lo tiene todo” (como rezaba el slogan del gobierno veracruzano), y saber, sobre todo, que el oficio de las palabras tenía una razón de ser en el mundo. Porque nos sentíamos libres y útiles, y a pesar de haber desertado de la universidad y dado mil vueltas, la vida nos había puesto en la escuela en que debimos estar desde el principio: una sala de redacción periodística.

Quince años después también fuimos felices mientras caminábamos por las calles de Yajalón y Ocosingo, cargando al hombro ejemplares de ese pequeño monstruo de 16 páginas, El Zentauro. Los repartíamos en las casas, en las tiendas, en los negocios y oficinas, y entre quienes encontrábamos a nuestro paso y que, justo es decirlo, estaban muy acostumbrados a los periódicos de nota roja y chisme político.

Por esa razón, creo, la labor que había comenzado como un juego cobraba otro sentido. Con nuestra publicación de alguna forma generábamos algo inédito en esos pueblos del sur de México: periodismo cultural.

Eso puede sonar impactante, pero es muy simple. Aparte de colaboraciones ocasionales, no éramos un equipo editorial de muchos, sino dos monos que en su vida normal lavaban y tendían la ropa, iban al super y al cine cada uno con su pareja, uno cuidaba a los hijos y el otro a sus plantas, y tenían o habían tenido otros trabajos ajenos a lo periodístico, pero la idea de un medio informativo o editorial siempre estuvo presente. Y eso fue lo que mantuvo el proyecto durante nueve ediciones entre 2015 y 2016.

Con mil ejemplares por tiraje, circuló mensualmente y de manera gratuita en Yajalón, Chilón y Ocosingo, uno de los municipios más extensos del país.

Era una publicación independiente al cien por ciento, gracias al patrocinio de empresas de la región y a los amigos y amigas que creyeron en el proyecto. Jamás publicamos contenidos de gobierno, o de líderes o partidos políticos. Teníamos claro que las partes bonitas de un periódico eran los suplementos dominicales, las tiras cómicas, la sección de cultura, los reportajes. Y siempre tratamos de plasmar eso en las páginas, tomando en cuenta que nuestros contenidos eran sobre historia y cultura locales.

¿Porqué Zentauro y no Centauro? Por asuntos editoriales. Decisión que nos trajo críticas y múltiples interpretaciones sobre el significado, y sobre todo, discusiones con los amigos mientras bebíamos cervezas en las noches calurosas de la selva.  La verdad es que cuando buscaba un nombre, misión que me tocó no sé por qué, pensé en las carreras de caballos, tan gustadas en la región, y recordé a los asistentes con sombreros, camisas de cuadros, pantalones de mezclilla y botas vaqueras. Y eso fue. En esas latitudes, Centauro es nombre de caballo. Busqué en internet y descubrí que así se llaman ranchos, criaderos de ejemplares pura sangre, veterinarias, marcas de alimento y agencias de apostadores anónimos en todo el mundo.

No había de otra, El Zentauro, era nuestro periódico. Además, aunque nunca lo pude explicar en un prólogo, también la Z venía del alemán Zentaur, y entonces Zentauro era una evocación a ese pasado yajalonense (y chiapaneco) de fincas cafetaleras alemanas a finales del siglo diecinueve.

Decir nueve ediciones independientes es muy fácil, pero después de hacerlas y vivir de eso, nos dimos cuenta de que el experimento de periodismo cultural había llegado a su fin. No habría décima edición. Aunque teníamos toda la información necesaria, ya no teníamos ganas. La felicidad se había ido.

Nosotros nos quedábamos satisfechos. La experiencia había sido hermosa y permitió que creciéramos como personas y profesionales. Fuimos más allá de nuestros límites muchas veces y nos descubrimos con nuevas habilidades para negociar, para diseñar, producir y llevar a buen término un emprendimiento cultural.

Comprobamos que los periódicos impresos son un buen canal de difusión en lugares en los que el internet no es tan común como pudiera pensarse. Como en Chiapas. En donde, además, el periodismo casi siempre ha estado alineado a lo oficial, y la industria periodística no se ha desarrollado en todos los aspectos, ni en tecnología ni en producción y generación de contenidos de alta calidad.

Gracias a nuestra labor, descubrimos que, al contrario de lo que se piensa, a la gente le gusta leer. Y le gusta leer buenas historias. Nosotros, los editores de El Zentauro, entendímos eso, y tratamos de ofrecerlo, tratamos de que nuestra propuesta de contenidos fuera por ese lado hacia nuestro público, gente maravillosa de los pueblos de la selva norte de Chiapas. Queríamos estar con ellas y ellos, queríamos estar en sus casas mientras leían nuestras páginas, estimulados por el café caliente y el efecto old fashion de la tinta sobre el papel periódico.

Algunas ediciones de El Zentauro, aquí.

 

 

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